¿Que me leo?

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Ivan el Rojo
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Ivan el Rojo » 01 May 2010, 17:44

Miguel Jiménez escribió:¿Y ahora tú me dices que renunciemos al único clásico contemporáneo que dio una visión alternativa que hubiera servido para salvaguardar la revolución de octubre? ¿Tú quieres que renunciemos a la única visión MATERIALISTA, MARXISTA, que da una alternativa sobre este fenómeno?
Ah, menos mal que soy yo el que debate recurriendo a absolutos!

Así que San Trotski ha sido el Único?

Bujarin no escribió nada. Rosa Luxemburgo no escribió nada. No se ha escrito nada después de que el Profeta nos transmitiera la Verdad Revelada.

¿Visión materialista, marxista? Para eso Trotski tendría que haber empezado por analizar a partir de la realidad. No a partir de su subjetividad. No se puede tomar como doctrina un libro en el que cada dos frases está diciendo una mentira. Lo siento pero no.

El fanatismo para las iglesias, A mi la gente de Un Solo Libro no me va.
Y cualquier lector que haya leído las dos últimas páginas de post's dirá: "muy bien compañero Iván, ¿Y qué leemos?"
Libros de Historia. No libros de propaganda y auto-hagiografías. Y si hablamos de cómo organizarnos hoy en día, libros marxistas de actualidad, no disputas y vendettas de hace 70 años sobre personas, países y organizaciones que ya no existen y que no nos sirven absolutamente para nada hoy en día.
Los hechos son que te molestó que alguien aquí hablase positivamente de Trotsky. Y únicamente ese es el motivo que ta ha llevado a tener esta actitud virulenta en esta polémica..
No, a mi lo que me molesta es que alguien esté diciendo mentiras y usando este foro para propagar mitos que han servido muy bien a los intereses del capitalismo. Como que Stalin no escribió "El Marxismo y la Cuestión Nacional", que enviaba la gente a Siberia a investigar nuevos tipos de helado (sic) o que matara a Kirov. Entre otras cosas.
¡Ay, compañero Iván! ¿Cómo se ve que estás un poco apartado del movimiento? ¿Cómo se nota que no has vivido el llamarte comunista, pero no en este foro, sino en tu trabajo, en la calle, con tus amigos! ¡Sí señor, fue Trotsky el que no nos falló (Lenin tampoco, pero murió)! Y podemos agarrarnos a él para tener hoy una bandera limpia que defender
saludos, compañero Iván.
A ver, ¿tu que sabes de lo que hemos hecho los demás? Yo he levantado una organización en mi propia facultad, que sigue existiendo, y he ayudado a levantar un movimiento juvenil en mi propia ciudad. Así que probablemente ya he hecho mas por "vivir el comunismo" de lo que has hecho tu en toda tu vida.

Y lo hemos hecho sin necesidad de Trotski.

...

Decir que "Trostki no nos falló" y que es una "bandera limpia" es ser un fanático.

Trotski no falló... ¿quien, el Trotski menchevique, antileninista, de antes de la Revolución? ¿el Trotski de la revolución que dice que hay que invadir Polonia?

Trotski creó un ejército al uso, de jearaquía vertical, reclutamiento forzado, disciplina férrea y reciclamiento de oficialidad zarista, con comisarios políticos vigilando. En vez de haber creado otro tipo de ejército, verdaderamente revolucionario, como se hizo por ejemplo en Cuba. Trotski recurrió a fusilar a los que no pensaban como él, a los anarquistas, a los marinos de Kronstadt. A Trotski le tuvo que parar los pies Lenin cuando propuso militarizar de este mismo modo los sindicatos y las relaciones de producción.

Trotski fue corresponsable en la generación de todos los vicios de los que luego adoleció la URSS.

Y luego, ¿que? Cuando el Partio no le da la razón, corta con él, se enfreta a él, y ya en el Exilio se dedica a promocionar el sectarismo. A generar material basado en mentiras que el Capitalismo ha utilizado profusamente para su discurso anticomunista y antimarxista.

Si me quieres poner un ejemplo, ponme a Bujarin. Que cuando el Partido no le dió la razón, lo asumió, siguió trabajando desde la lealtad, y por eso no ha servido de piedra fundamental para toda la basura anticomunista, ni ha servido para promocionar el sectarismo. Por eso hoy en día hasta los estalinistas mas fervientes reconocen que su ejecución fue injusta.

Trotski era ruso. ¿Sabes donde no se quiere saber nada de Trotski? En Rusia.

Dime, ¿que ha conseguido el Trotskismo en 70 años? ¿hacer entrismo en partidos del Sistema, venderse la mitad y que les pegaran la patada en el culo a la otra mitad? ¿fundar una organización que acaba expulsando a su propio fundador?

¿Batir el récord olímpico de Escisiones por minuto?

¿Colaborar con los Boris Yeltsin, con los liquidiacionistas de toda clase, que aniquilaron el socialismo en el Este y lo sustituyeron por capitalismo puro y duro? ¿servirles de escudo humano, servir para darles a esa gentuza un maquillaje progresista?

¿Qué revolución han liderado los trotskistas, en qué acontecimiento revolucionario han probado la realidad de sus tesis?

En España, ¿que ha conseguido el trotskismo? ¿crear un sindicato estudiantil sectario al servicio del PSOE y completamente enajenado de la masa estudiantil?

Me parecen logros muy magros, MUY magros, como para ponerse la medallita e ir de Puros por la vida.
Última edición por Ivan el Rojo el 01 May 2010, 18:22, editado 2 veces en total.
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Ivan el Rojo
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Ivan el Rojo » 01 May 2010, 18:07

Miguel Jiménez escribió:Vamos a ver, compañero Iván
Cualquier compañero que nos lea, convendrá en que una cosa es decir:

"- Ni en la URSS había comunismo
- Ni el comunismo ha fracasado, o el socialismo, entre otras cosas, porque TODAVÍA, nunca existieron"

Y otra diferente es negar CUALQUIER CARACTERÍSTICA SOCIALISTA a lo que fue la URSS.

- La URSS es un régimen de transición al socialismo con características socialistas, que desgraciadamente cayó, perdiéndose lo que había que mejorar (régimen burocrático) y lo que era sano; la economía nacionalizada.
- El socialismo supone un salto cualitativo, la primera fase del comunismo, que no se dio en ningún país todavía, entre otras cosas porque presupone la superación del capitalismo: si el capitalismo es internacional, unificando al planeta; el SOCIALISMO para superar al capitalismo, debe superarlo a ese nivel ... y lo superará.
Esto es como cuando los catedráticos de historia contemporánea de mi facultad discutían sobre si Franco era fascista o solo fascistizante. Y uno de ellos, el mas viejo, dijo "pero vamos a ver ¡si es lo mismo!" :lol:

Entonces, ¿nuestro debate es sobre si la URSS era socialista, o solo "socialistizante"?

"Socializante" es Venezuela, que es un país que está transitando hacia el socialismo, pero que todavía no es socialista.

La URSS, si había pegado ese salto cualitativo. Si había abolido la propiedad privada de los medios de producción. Había desposeído a la burguesía. Le faltaba, sin embargo, derrotarla culturalmente. Le faltaba la derrota a nivel global. Que es el paso necesario para poder transitar el socialismo al comunismo. No lo consiguió, fue derrotada y fue retrocediendo hasta extinguirse.

En qué grado de "socialismo" se encontraba su desarrollo, eso lo podemos debatir. Pero el socialismo no tiene una única forma. El capitalismo actual es muy diferente del decimonónico... ¿quiere eso decir que el capitalismo decimonónico no era verdadero capitalismo?
Miguel Jiménez escribió:Y bien, compañero Iván, todavía no respondiste a mi pregunta, y es lo que esperarán otros compañeros. Si Trotsky no nos vale (o nos vale muy poco, según tú, para explicar lo que sucedió en la URSS desde 1919 hasta hoy) ¿Qué otro autor supera a Trotsky? Creo que es positivo que, cuando se critica, hay que dar a continuación una alternativa. Estamos esperando compañero ...
¿Respecto al marxismo? Marx y Engels

¿Respecto a leninismo? Lenin

¿Respecto a un análisis y crítica de lo que ha sucedido en la URSS? Cualquier historiador de los últimos 70 años. Desde E.H. Carr, a Eric Hobsbawm. La tal Sheila Fitzpatrick que comentó Calavera parece tener buena pinta. Incluso el mas ferviente historiador estalinista como Ludo Marteens tiene una visión mas objetiva y completa que Trotski. Lo cual no es culpa de Trotski, es que han tenido décadas de reflexión, acceso a información mucho mas completa, y no son juez y parte.

Es que, es de sentido común. Explícamente como pudo Trotski, en 1936, analizar de manera materialista una realidad material que ¡todavía no existía! Analizar la Guerra Mundial, la postguerra, el jruchevismo, el breznerismo, la perestroika...

¿Cómo pudo Trotski analizar eso, si no existía? Eso lo tenemos que analizar nosotros. Y las herramientas para ello, no nos las dá Trotski. ¡Nos las da Marx!
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calavera

Re: ¿Que me leo?

Mensaje por calavera » 01 May 2010, 18:17

Decía Lenin en Marzo de 1922 (ya terminada la Guerra Civil):
Cuando un menchevique dice, "te retiras; yo siempre aconsejé retirarse; estoy de acuerdo contigo, soy de los tuyos, retirémonos juntos", le respondemos, "las manifestaciones públicas de menchevismo son penadas con la muerte por nuestros tribunales, pues de no ser así, no sería nuestros tribunales, sino Dios sabe qué".
Los mencheviques habían formado parte durante mucho tiempo del mismo partido y parece que a Lenin no le temblaba el pulso ni se andaba con florituras retóricas. En 1922 el porcentaje de obreros dentro del Partido Bolchevique era menor que en 1927 y no parece que en términos "materialistas" las decisiones del Partido Bolchevique de 1927 fuesen menos legítimas que las de un partido de profesionales consipirativos como hasta 1917. El mismo Lenin fue férreo defensor de la prohibición de facciones dentro del Partido, ¿con qué razón se puede recurrir a Lenin para defender un trato menos severo que el que se reservaba a los mencheviques para los que se enfrentaban al Partido una vez habían sido derrotados reiteradamente dentro de él? Tras 1927 llegan los años de la colectivización agraria y de la industrialización a través planes quinquenales (pilares para la construcción de una sociedad socialista), un momento de excitación revolucionaria deseado ampliamente por las bases obreras del Partido desencantadas con la NEP, ¿qué hubiese Lenin sugerido para los que aconsejasen la retirada y dijesen haber estado siempre de acuerdo?

Miguel Jiménez
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Miguel Jiménez » 01 May 2010, 18:30

Bien compañero, diste una alternativa.
Estoy de acuerdo contigo y con Trotsky que, bien lo dice en LA REVOLCUIÓN TRAICIONADA: la URSS había pegado un salto cualitativo con respecto a los países capitalistas. Por eso, coincidimos tú y yo, espero, con lo que decía Trotsky: el primer deber de cualquier marxista es luchar por salvaguardar lo que de positivo tenía la URSS, empezando por la economía nacionalizada.
¿Ves compañero? como, si discutimos amigablemente, podemos llegar a acuerdos? al final, en algunas cosas al menos, estamos de acuerdo tú , yo y trotsky.
Y yo creo que, poco a poco queda claro que.
a) la URSS era un estado en transición, del capitalismo al socialismo que, como correctamente dices tú, supone un salto cualitatio con respecto al capitalismo.
b) El SOCIALISMO, tal como lo define lenin en EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN, es algo cualitativamente diferente a lo que nunca hubo en la URSS.
Bien, poco a poco, la dialéctica de la discusión se impone, y nos vamos poniendo de acuerdo.
Acepto que eres un comunista como yo (seguro que eres un muy buen comunista), sólo que nos separa esa "no coincidencia" en el análisis del pasado. adelante, creo que podríamos trabajar en muchísimas cosas juntos.
Disculpa si te sentiste ofendido porque me pasé en algun comentario. Mis disculpas.
Tomo nota de que descalificas a Trotsky "y a todos los trotskistas". Bien, que cada cual juzgue: quizás algún trokista dijo alguna cosa interesante alguna vez. Quizás yo dije algo interesante en los dos últimos días.
No leí nada de la tal "Sheila" (ya la recomendó antes otro compañero). A ver si puedo ponerla en la lista de lo que tengo previsto ...
Muchas gracias por la recomendación, y también por el compatriota de patrick. De Lubo si leía alguna cosilla.
LLegados a este punto, yo sí recomiendo a TED GRANT y su libro, RUSIA, DE LA REVOLUCIÓN A LA CONTRARREVOLUCIÓN, escrito en el 2006, unas cuantas décadas después de morir Trotsky.
saludos nuevamente

Ivan el Rojo
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Ivan el Rojo » 01 May 2010, 18:53

No vayas tan rápido, compañero. Que yo no he dicho que el "socialismo" sea algo cualitativamente diferente a lo que hubo en la URSS.

Y respecto a lo que dice Lenin en "El Estado y la Revolución", es que Trotski fue el primero en pasárselo por el forro de los cojones cuando dotó al Estado de un Ejército al uso en vez de recurrir al Pueblo en Armas, como quería el ala izquierda.

Estoy de acuerdo con lo que se plantea en "El Estado y la Revolución", pero eso no significa que le niegue la cualidad de "socialista" a un sistema que no cumpla a la perfección ese tratado.

Porque si no, resulta que no milito en una organización socialista, y resulta que el PCE tampoco es un partido comunista, porque ni IU ni el PCE cumplen esos postulados. Y me gustaría que los cumplieran y trabajo para que así sea, pero no por ello voy a dejar de considerarlos socialistas.

Por otra parte, si me dices que en la URSS había fase de construcción del socialismo, pero no solicalismo, y que por tanto el socialismo no ha fracasado porque nunca se ha dado... entonces lo que tenemos es que según el discurso que defiendes, el socialismo no ha fracasado, ha fracasado la construcción del socialismo. Y, sinceramente, estamos en las mismas.
Roma no paga a traidores. El PSOE si.

Patrick Florent
Presidente del Soviet Supremo
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Patrick Florent » 01 May 2010, 21:32

Trotskismo y stalinismo
¿Qué nos divide?

Ronald León
Rebelión

Fue publicado en Rebelión un artículo de Manuel M. Navarrete titulado “Trotsky no existe” (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=98272), que aboga “por un marxismo creativo”. El texto, en el que se percibe un sano esfuerzo por colocar aspectos de carácter teórico-histórico, aborda un tema central y, quizás, uno de los más polémicos en las filas del marxismo: la distinción entre el trotskismo y el estalinismo. Un asunto apasionante y, aunque el autor del artículo no opine igual, muy vigente.

Nuestro autor, en su trabajo, toca otra serie de temas, algunos muy al paso. Extrae conclusiones y plantea propuestas de lo que, a su parecer, sería una “superación dialéctica” de ambas tendencias y una especie de “renovación” del propio marxismo para volverlo “abierto, antidogmático, adaptado al mundo actual”.

Navarrete parte de una preocupación real. Plantea que el capitalismo, raíz de todos los males sociales de la humanidad, sólo puede ser destruido mediante la organización y, en ese sentido, advierte una “infinita división y subdivisión” de las fuerzas de izquierda que impide el necesario “reagrupamiento de las fuerzas anticapitalistas que no se hayan integrado en el sistema”. Éste es un hecho innegable. Las diferencias surgen a la hora de exponer los motivos y el carácter de dichas divisiones. A esta tarea se aboca Navarrete al desarrollar sus concepciones y posiciones acerca de los orígenes y las razones de la divergencia entre trotskistas y estalinistas.

Nuestro autor de referencia afirma, incurriendo a nuestro criterio en una minimización y simplificación histórica muy marcada, que la cuestión del trotskismo y el estalinismo –la más colosal lucha programática, política e ideológica que se libra dentro de la izquierda mundial- es “una pelea de bar que divide nuestras propias fuerzas”. Haciendo una analogía religiosa con la división entre sunnitas y chiitas, plantea que entre trotskistas y estalinistas se da una división insensata producto de disputas personales entre dos hombres enfrascados en una “mera pelea sucesoria a la muerte de Lenin”.

En medio de estas apreciaciones, Navarrete lanza una pregunta fundamental y que consideramos importante responder: “¿Realmente tenemos un objetivo diferente? A nivel de propuestas concretas y dentro de la izquierda extraparlamentaria, ¿hay tanta diferencia entre los partidos ‘trotskistas’ y los ‘estalinistas’?”.

Antes de responder esta cuestión, se impone abordar y despejar algunas acusaciones y/o premisas en las que se sustenta la lógica de las posiciones del artículo citado.

El régimen bolchevique de los primeros años


Sin decirlo abiertamente, el artículo de Navarrete pretende empañar la figura y la lucha de Trotsky y sus seguidores, con falsedades o medias verdades, que a su vez son medias mentiras. En este sentido afirma que “Trotsky no existe” y que el mismo no fue el “adalid antiburocrático y antirrepresivo que se nos quiere vender”. No se detiene en Trotsky, cuestiona también a Lenin “¿Trotsky antiburocrático? Pero, es más, ¿Lenin antiburocrático?”.

El marco del cuestionamiento a Trotsky es, a su vez, una crítica a las características del régimen político de los primeros años del poder soviético. Su objetivo es claro: colocar un signo igual entre el régimen bolchevique de los primeros años con el régimen dictatorial y burocrático de la era de Stalin, a fin de atenuar las medidas y crímenes de éste. Esta es su premisa y lo afirma claramente: “A pesar de que el burocratismo existía antes y existiría después de Stalin, se denomina a este fenómeno ‘estalinismo’” (subrayado nuestro) ¿Por qué, entonces, cometer una injusticia histórica con Stalin, si el burocratismo ya se impuso antes de su asunción al poder? Tal es la lógica y la conclusión a la que no quiere hacer llegar Navarrete.

Se impone, entonces, un breve análisis de los primeros años de la revolución. El régimen político instaurado en 1917 representó un grado de libertad política, organizativa, de reunión, de prensa, artística y cultural nunca antes visto por la clase trabajadora. La democracia para las y los trabajadores era infinitamente superior a cualquier otra “democracia” capitalista existente entonces y hasta hoy. Esto fue así porque el novel Estado obrero se apoyaba en organismos masas, los consejos (soviets) de diputados obreros y campesinos. Se garantizaron además plenas libertades de organización para la clase trabajadora, en sindicatos, comités de fábrica, soviets campesinos. También existía amplia libertad partidaria, no sólo para los partidos en el gobierno (bolcheviques y los socialistas revolucionarios –SR- de izquierda al principio) sino para los mencheviques y socialistas revolucionarios de derecha hasta que éstos se pasaron al campo de la contrarrevolución.

Los decretos y la legislación soviética, impulsados por los bolcheviques, expresaban y estimulaban este régimen. Un decreto del 5 de enero de 1918 estipulaba: «Los soviets son, en todas partes, los órganos de la administración del poder local, debiendo ejercer su control sobre todas las instituciones de carácter administrativo, económico, financiero y cultural. (...) Todo el territorio debe ser cubierto por una red de soviets, estrechamente conectados unos con otros. Cada una de estas organizaciones hasta la más pequeña, es plenamente autónoma en cuanto a los cuestiones de carácter local, pero debe adaptar su actividad a los decretos generales y a las resoluciones del poder central y de las organizaciones soviéticas más elevadas. De esta forma, se establece una organización coherente de la República Soviética, uniforme en todas sus partes». De la misma forma, la constitución soviética de 1918 impone en su artículo 10 que «toda la autoridad en el territorio de la. R. S. F. S. R., se encuentra en manos de la población trabajadora organizada en los soviets urbanos y rurales», y en el artículo 11: «la autoridad suprema (...) se encuentra en manos del Congreso Pan-Ruso de los Soviets y, en los intervalos entre congresos, en las de su Comité Ejecutivo» (Broué, Pierre: El Partido Bolchevique).

Tal era, en líneas generales, el sistema soviético, que no implicaba, como se ve, la inexistencia de organismos jerarquizados o de centralismo ejecutivo, cuestión que sugiere criticar Navarrete.

Este régimen, al poco tiempo, se vio perturbado por durísimas circunstancias objetivas. Entre 1918 a 1921, la revolución soviética tuvo que enfrentar a los ejércitos de los generales blancos y de otras 14 naciones imperialistas en una sangrienta guerra civil que devastó el país. Ante el extremo peligro que corría el débil Estado obrero, dirigentes bolcheviques se vieron obligados a colocar su defensa como primera cuestión. Este fue el contexto, ineludible de enmarcar, de las medidas autoritarias o “burocráticas” que Navarrete señala a Trotsky, Lenin y a la dirección bolchevique.

Las condiciones de la lucha fraticida exigían del proletariado y su vanguardia una implacable represión a la burguesía, la aristocracia y sus agentes. Es conocido que, a propuesta de Trotsky, el Ejército Rojo debió emplear antiguos oficiales zaristas que eran controlados por comisarios políticos del partido. En muchos casos, estos oficiales saboteaban las operaciones o desertaban, por lo cual medidas como la coacción con apresar a sus familias eran sumamente necesarias. La heroica flota en Kronstadt, de vital papel en la revolución, sufrió drásticos cambios durante la guerra civil, siendo sus principales dirigentes comisionados a otros frentes o reubicados en otras tareas. La flota fue renovada por nuevas camadas, sin mayor experiencia política ni participación en la revolución. Un sector de la dirección anarquista –con apoyo oficiales blancos, sobre todo del jefe de la artillería, Kozlovsky - propició una rebelión en la flota y canalizó las disconformidades de los marineros en contra de la “autoridad” del nuevo Estado. La situación era extremadamente grave. Según Broué: “la experiencia de la guerra civil ha mostrado que los levantamientos populares espontáneos contra el régimen soviético han terminado siempre, a pesar del carácter democrático de sus reivindicaciones iniciales, por caer en manos de los reaccionarios y de los monárquicos”. La flota de Kronstadt poseía una ubicación estratégica para la defensa de Petrogrado, era casi la única defensa de la capital revolucionaria ¿Qué debían hacer los bolcheviques? ¿Dejar morir la revolución y que el Estado obrero, la mayor conquista del proletariado mundial, sea aplastada por sucumbir a la presión de sectores anarquistas que, de hecho, eran contrarios al Estado obrero? Lenin declaró al Congreso: “Aquí tenemos una manifestación del democratismo pequeño burgués que reclama la libertad de comercio y clama contra la dictadura del proletariado. Pero los elementos sin partido han servido de estribo, de escalón, de pasarela a los guardias blancos”. En igual sentido, Trotsky, años después, sostenía: “(…) naturalmente, el gobierno revolucionario no podía “regalar” la fortaleza que defendía la capital a los marineros insurrectos, simplemente porque unos cuantos anarquistas vacilantes se unieron a la rebelión reaccionaria de los soldados y campesinos. El análisis histórico concreto de los acontecimientos reduce a polvo todas las leyendas, basadas en la ignorancia y en el sentimentalismo, sobre Kronstadt, Majno y otros episodios de la revolución”. La acción del X Congreso -que votó la represión a la rebelión-, de Lenin y Trotsky, está plenamente justificada por la historia.

El caso de la prohibición de los partidos soviéticos y de las fracciones dentro del propio partido bolchevique tampoco puede descontextualizarse de la brutal situación de guerra civil desigual y crisis económica. Los partidos menchevique y los socialistas revolucionarios se declararon enemigos del Estado soviético. Lideres de estos partidos incluso integraron gobiernos contrarrevolucionarios. En Samara, por ejemplo, los SR integraron el gobierno del almirante Kolchak. Los SR de izquierda organizaron una serie de atentados, en donde llegaron a herir gravemente a Lenin y asesinar a Uritsky.

Los dirigentes bolcheviques, desde el principio, declararon que ambas medidas tenían carácter transitorio, excepcional y que se debían a las condiciones impuestas por la guerra civil. Fue una medida de guerra. Las limitaciones a la democracia tenían como objetivo supremo la defensa de la republica soviética. Estas medidas se demostraron indispensables para defender a la revolución. Si se permitía que los mencheviques y SRs continuasen conspirando contra la defensa de la revolución, es claro que el resultado de la guerra civil hubiese sido otro: el aplastamiento del Estado obrero y la restauración del capitalismo, imponiéndose ya no un régimen político con ciertas limitaciones circunstanciales a la democracia, sino un régimen de dictadura burguesa tipo fascista.

Trotsky, años más tarde, volvió a defender la prohibición de los partidos soviéticos en las circunstancias en que esa decisión fue tomada con estas palabras: “En cuanto a la prohibición de los demás partidos soviéticos, ésta no es producto de una “teoría” bolchevique, sino una medida de defensa de la dictadura en un país atrasado y devastado, rodeado de enemigos. Los bolcheviques comprendieron claramente, desde el principio, que esta medida, complementada posteriormente con la prohibición de fracciones en el propio partido gobernante, señalaba un peligro enorme. Sin embargo, el peligro no radicaba en la doctrina, ni en la táctica, sino en la debilidad material de la dictadura y en las dificultades internas e internacionales. Si la revolución hubiera triunfado tan sólo en Alemania, hubiera desaparecido por completo la necesidad de prohibir los partidos soviéticos. Es absolutamente indiscutible que la dominación del partido único Sirvió como punto de partida jurídico para el sistema totalitario estalinista. Pero la causa de este proceso no está en el bolchevismo, ni en la prohibición de los demás partidos como medida transitoria de guerra, sino en las derrotas del proletariado en Europa y Asia” (Trotsky: estalinismo y bolchevismo).

Al hacer estas aclaraciones, no pretendemos, ni en lo más mínimo, esconder o minimizar los errores de los bolcheviques o de Trotsky. Sus propuestas de incorporar los sindicatos al aparato del Estado o de militarizar el trabajo, si bien fueron hechas con el objetivo de levantar una economía destruida, representaron serios errores. De aplicarse, iban a vulnerar aún más las débiles defensas de los trabajadores contra la burocratización de su propio Estado. Fue por eso que Lenin y la mayoría del partido las rechazaron. Lo que buscamos con estas líneas es rescatar las condiciones objetivas en que estas medidas “autoritarias” fueron tomadas, contexto que Navarrete omite o cita al paso. Sin un análisis concreto y debidamente enmarcado, todos los hechos y citas sueltas que expone nuestro autor, aún con su aparente contundencia, pierden valor.

Nadie dice que, antes de 1924, la URSS era un paraíso, como exagera interesadamente Navarrete. El proceso revolucionario tuvo que enfrentar inmensos enemigos e innumeras contradicciones. Lo que no se puede afirmar o sugerir, es que la burocracia ya estaba consolidada antes de la muerte de Lenin o, peor aún, que comenzó a los pocos meses después de la toma del poder. Eso es una falsificación de los hechos. Lenin alertó los primeros indicios de burocratización y el crecimiento descomunal del aparato estatal en 1922 y, desde entonces, tanto él como Trotsky combatieron ése proceso, mientras Stalin lo alentaba y se dedicaba a armar su camarilla de incondicionales.

En síntesis, el burocratismo, comenzó y existía antes de 1924. La diferencia es que, en tiempos de Lenin y Trotsky, la burocracia (como casta privilegiada) no tenía aún el poder, no gobernaba, no dirigía, aún no había usurpado el lugar de los soviets y del partido. Este proceso se coronó tras la muerte de Lenin y el ascenso de Stalin al poder total.

Este razonamiento, repetimos, lo que pretende es atenuar las medidas y crímenes de la camarilla estalinista. Además, refuerza la idea, típica de la propaganda anticomunista, de que nunca hubo “democracia” en los ex Estados obreros.

Trotskismo y estalinismo

Por más que nuestro autor se excuse de no “ahondar en el estudio de los condicionantes históricos que rellenan de contenido una pelea sucesoria” - vaya supresión-, sugiere que entre ambas tendencias la “única diferencia es a nivel de interpretación del pasado histórico”. Esta afirmación nos parece completamente equivocada. Veremos que las diferencias son mucho mas profundas.

El primer error es presentar la cuestión como una “mera pelea sucesoria” movida por la “ambición personal”. Esta visión no es, ni mucho menos, nueva. El propio Trotsky tuvo que rebatirla varias veces: “el filisteo común quiere creer que el choque entre el bolchevismo (“trotskismo”) y el estalinismo es un mero choque de ambiciones personales o, en el mejor de los casos, entre dos “matices” del bolchevismo” (Ídem).

Pero démosle la razón por un segundo a Navarrete y consideremos que el enfrentamiento entre Trotsky y Stalin fuese una mera pelea por la sucesión de Lenin y su móvil las “ambiciones personales”. Si hubiese sido tan simple, el resultado de esta lucha hubiese sido muy diferente. Trotsky era el dirigente más reconocido y con más autoridad entre las masas después de Lenin. Era además el comandante del Ejército Rojo, mediante el cual, con extrema facilidad, hubiera podido dar un golpe y sacar a Stalin de en medio. Sin embargo no lo hizo. Muchos incluso, después de ver en qué se convirtió el estalinismo, le reprocharon el no haberlo hecho. Si no lo hizo fue porque, justamente, no le importaba el poder a cualquier precio.

Nuevamente nuestro autor incurre en un error fundamental: el analizar y juzgar los hechos fuera del contexto histórico y político en el cual se sucedieron. Detengámonos, entonces, en revisar algunos elementos para entender la raíz y el carácter de las diferencias de ambas corrientes de pensamiento y acción políticas.

La revolución rusa cambió el mundo de manera radical. Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que fue el principal acontecimiento histórico del siglo XX. Por primera vez, los explotados y oprimidos, la inmensa mayoría de la población, asumían en sus manos las riendas de su destino desde el poder del Estado y lanzaban el grito de insurrección a todos los desposeídos del planeta. Los bolcheviques fueron quienes inspiraron y dirigieron la toma del poder por los soviets. Fueron la dirección política de la revolución.

Es conocido –y reconocido hasta por sus enemigos- el importante papel desempeñado por León Trotsky en la revolución, como Presidente del Soviet de Petrogrado y del Comité Militar Revolucionario, que en la práctica ejecutó la insurrección. Trotsky fue también el creador y comandante del Ejercito Rojo que combatió en la guerra civil contra la reacción restauracionista. Está más que probada, además, su intransigente y desigual lucha política e ideológica contra el surgimiento y la consolidación de la burocracia estalinista al frente del partido bolchevique y de la URSS. No es necesario decir que el precio de este combate lo pagó con su propia vida, al igual que su familia y camaradas.

El estalinismo tiene sus raíces en el proceso de burocratización del Estado soviético y del partido bolchevique. Este fue un proceso objetivo (producto de la lucha de clases) y tuvo su causa fundamental en la derrota de la revolución europea, sobre todo la alemana. El aislamiento de la revolución rusa potenció al máximo todas las contradicciones y problemas derivados del atraso económico y cultural del país, sumado a la debacle generada por la guerra civil donde murió lo mejor de la vanguardia obrera y bolchevique que había dirigido la toma del poder.

Las calamidades después de soportar los efectos de la guerra imperialista y la guerra civil también provocaron un alejamiento acelerado de la arena política de parte de las masas. Las ciudades se despoblaban rápidamente y los obreros avanzados que no habían muerto, regresaban al campo. De aquella clase obrera ardorosa y activa políticamente en 1917, casi no quedaba nada. Lenin y Trotsky intentaron de todo para evitar la desintegración de la vanguardia obrera, pero poco consiguieron pues, como dijimos, se trataba de un proceso objetivo.

Mediante estos elementos, descriptos a grosso modo, se produjo el ascenso de todo tipo de arribistas, técnicos y “especialistas” del antiguo régimen dentro del aparato del Estado y del Partido. Emergió una corriente que expresaba las aspiraciones de los arribistas. Una casta burocrática, que en su mayoría no había participado ni siquiera de la guerra civil, comenzó a copar cada vez más cargos en la administración pública y, por supuesto, comenzó a defender su nueva posición y privilegios. La cara visible de este proceso social, fue Stalin.

Entre el bolchevismo (representado, para nosotros, actualmente por el trotskismo) y el estalinismo existen diferencias irreconciliables. Son producto de situaciones totalmente opuestas por la lucha de clases y, por tanto, sus objetivos son distintos. El bolchevismo fue fruto de una de las más grandes revoluciones que conoció la humanidad. Fue fruto del impresionante ascenso revolucionario que surgió con la Primera Guerra Mundial. El estalinismo, por el contrario, es producto social del retroceso y derrota de la revolución internacional entre 1919 y 1923, es fruto del reflujo y del aislamiento de la revolución en un país tan atrasado como lo era Rusia en esos años.

El estalinismo es la negación total del bolchevismo. Prueba de ello es que, para consolidarse definitivamente, tuvo que aniquilar físicamente a toda la vieja guardia bolchevique, a casi todo el Comité Central leninista que dirigió la insurrección.

El trotskismo es, a costa de coherencia y sangre, el heredero del bolchevismo, del marxismo-leninismo de esta época de guerras, crisis y revoluciones. Fueron Trotsky y la oposición de izquierda quienes tomaron la bandera de la democracia obrera y la revolución internacional tras la muerte de Lenin, que antes de morir había comenzado su batalla contra los indicios de la burocratización que se estaba gestando. Posteriormente, se funda la IV Internacional y la lucha contra la burocracia estalinista se concreta en la consigna de la revolución política en la URSS, que planteaba a la clase obrera derrocar a la camarilla usurpadora como condición para que no se pierdan las conquistas económicas y sociales de la revolución.

Es por eso que podemos responder a la pregunta de Navarrete. Los trotskistas y estalinistas no tenemos los mismos objetivos. La estrategia del trotskismo es, en palabras de Nahuel Moreno : “(…) lograr una sociedad mundial sin clases ni explotación, para que la humanidad progrese, haya abundancia para todos, no haya guerras y se conquiste una plena libertad. Para conseguirlo, lucha por expropiar al imperialismo y a los grandes explotadores, terminar con las fronteras nacionales y conquistar una economía mundial planificada al servicio de las necesidades y el desarrollo de la especie humana (…) Lucha para llegar al gobierno y desde allí destruir el Estado capitalista. Es decir, quiere destruir las instituciones del gobierno burgués. Quiere que la clase obrera asuma el poder político e implante sus instituciones democráticas. Quiere construir en cada país donde triunfa la revolución un Estado obrero fuerte, que ayude a que la revolución triunfe en los demás países. Desde el gobierno de ese Estado obrero quiere planificar la economía, federándose con los otros Estados obreros, para hacer avanzar las fuerzas productivas. Desde ese Estado obrero quiere revolucionar el sistema social, eliminando la propiedad burguesa de los medios de producción a nivel nacional, y ponerlo al servicio de esa tarea a nivel mundial. Y sólo después de haber liquidado la resistencia de la clase capitalista en el mundo, esos Estados obreros o federaciones de Estados obreros comenzarán a desaparecer y, con ellos, también desaparecerán el Estado y el Partido” (Revoluciones del siglo XX).

El estalinismo, al contrario, desde la década del 20 del siglo pasado se convirtió en el mayor aparato contrarrevolucionario que haya conocido la historia. Asesinó a cientos de revolucionarios, se consolidó como agente del imperialismo y se convirtió en un freno consciente de la revolución mundial con la teoría del “socialismo en un solo país” y la política que de la misma se desprende: la “coexistencia pacífica con el imperialismo”.

En síntesis y recurriendo a Trotsky: “Después de la purga, la demarcatoria entre el estalinismo y el bolchevismo no es una línea sangrienta, sino todo un torrente de sangre. La aniquilación de toda la vieja generación bolchevique, de un sector importante de la generación intermedia, la que participó en la guerra civil, y del sector de la juventud que asumió seriamente las tradiciones bolcheviques, demuestra que entre el bolchevismo y el estalinismo existe una incompatibilidad que no sólo es política, sino también directamente física” (ídem).

Es por esto y más que no se puede considerar al estalinismo – ni a los que se dicen abiertamente estalinistas ni a los que aplican sus políticas sin definirse como tales- como parte de las “fuerzas anticapitalistas que no se hayan integrado en el sistema”. Navarrete incurre aquí en un craso error de caracterización histórica y actual. El estalinismo ha apoyado y participado de incontables gobiernos capitalistas, para impedir o derrotar procesos revolucionarios, sobre todo mediante su política de los “frentes populares”.

La diferencia entre trotskismo y estalinismo no tiene que ver con cuestiones del pasado o abstractas, como intenta convencernos nuestro autor. Las implicancias de la aplicación de las políticas de una u otra corriente tienen consecuencias prácticas, concretas, diametralmente opuestas. El trotskismo sintetiza la herencia moral y la lucha revolucionaria, independiente e internacionalista que ha librado hasta ahora el proletariado mundial y los demás sectores explotados y oprimidos. El estalinismo representa la negación de todos estos principios; representa la traición, el pacto con la burguesía, el imperialismo y la descomposición moral a todo nivel. Representa, en suma, la contrarrevolución.

¿Una “supuesta polémica”?


El colocar la cuestión del debate entre la teoría del “socialismo en un solo país” y la “revolución permanente” como una “supuesta polémica” que “no resiste un análisis crítico” es no entender en absoluto la implicancia práctica, las consecuencias concretas que ambas concepciones tuvieron –y tienen- para el desarrollo de la revolución mundial.

La teoría del “socialismo en un solo país” fue expuesta por Stalin por primera vez en 1924, tras la muerte de Lenin y cuando la revolución alemana había sido derrotada. En el partido reinaba un ambiente de desmoralización en importantes sectores. Tras años de descomunales combates reinaba un deseo de “paz y tranquilidad”, clima psicológico que la burocracia –que adora la paz y la tranquilidad- utilizó para imponer sus ideas.

La teoría de Stalin revisaba todas las concepciones marxistas hasta entonces - ¿”superación dialéctica”?-. Planteaba, en síntesis, que se podía construir el socialismo en Rusia sin importar el curso de la revolución mundial pues, como afirmaba, existían países maduros para el socialismo y otros que aun no lo estaban. La URSS era el único país “maduro”.

Ser “internacionalista”, obviamente, no se trataba de emprender una aventura militar sobre Europa para exportar la revolución, como acusaba el estalinismo a Trotsky, sino de colocar la dictadura proletaria en la URSS al servicio de la revolución mundial, como parte de la revolución mundial, de la cual más temprano que tarde dependía su suerte. Era comprender que la mejor manera de “defender” y “consolidar” a la URSS era impulsando de todas las formas posibles la revolución internacional y romper el aislamiento.

La teoría de Stalin abandonaba la lucha por la revolución mundial, abandonaba el principio del internacionalismo proletario y servía para justificar las políticas concretas cada vez más nacionalistas de la burocracia. Con la teoría del “socialismo en un solo país” se daba un “marco teórico” a la política de subordinar la revolución mundial a los intereses inmediatos de la burocracia stalinista.

Trotsky, al defender la revolución permanente y la perspectiva de la revolución mundial, no planteó nunca abandonar la lucha para que avancen y se consoliden las conquistas económicas y sociales dentro de la URSS. No proponía tampoco “enviar al Ejército Rojo a imponer el socialismo pisoteando Europa”. Esa es la falsificación burda que hace el estalinismo de su teoría. Trotsky fue, hasta su asesinato, un defensor incondicional de la URSS.

La afirmación central del creador del Ejército Rojo es que el socialismo, como sistema, debe ser mundial o no es socialismo. El proletariado de un país puede y debe tomar el poder y mantenerlo a toda costa, pero debe ser plenamente consciente de que si no se desarrolla la revolución en otros países, tarde o temprano sucumbirá. Una revolución en un determinando país solo podrá triunfar definitivamente como eslabón de la revolución mundial. Convencido de esto y, como lastimosamente ocurrió después, Trotsky escribía en 1937: “Es posible que, en virtud de una determinada alineación de fuerzas nacionales e internacionales, el proletariado conquiste el poder por primera vez en un país atrasado como es Rusia. Pero la misma alineación de fuerzas demuestra de antemano que, sin una victoria más o menos rápida del proletariado en los países adelantados, el gobierno obrero ruso no sobrevivirá. El régimen soviético abandonado a su propia suerte degenerará o caerá. Más precisamente, degenerará y luego caerá”.

Es justamente esta concepción, esta “política internacionalista y revolucionaria” la que fue abandonada por Stalin. La dirigencia del PCUS abandonó el pensamiento de Lenin, en el mismo sentido de Trotsky, expresado en 1922: “Nuestro pensamiento era: inmediatamente, o por lo menos muy rápido, empezará una revolución en otros países, en los del desarrollo capitalista más avanzado; en caso contrario pereceremos”.

La restauración del capitalismo en la ex URSS es, en verdad, la derrota de la teoría reaccionaria del socialismo en un solo país.

Viejas calumnias o amalgamas


Navarrete también echa mano de un conocido argumento estalinista en contra del trotskismo: las viejas polémicas entre Lenin y Trotsky antes de 1917.

Para nadie, al menos para los militantes de izquierda, esto es una novedad, mucho menos un “mito”. Lo que no dice Navarrete es que las mismas fueron superadas completamente en el proceso revolucionario de 1917. Fue entonces que Trotsky comprendió definitivamente la importancia vital del partido centralizado y se unió a los bolcheviques y Lenin asumió la posición de Trotsky de que la revolución no debe detenerse en su etapa democrático-burguesa sino avanzar directamente a la dictadura del proletariado en un proceso “permanente” [ininterrumpido - PV].

El propio Lenin dijo el 14 de noviembre de 1917 refiriéndose a Trotsky: “Hace mucho que Trotsky comprendió que era imposible una unión con los mencheviques y, desde entonces, no ha habido otro mejor bolchevique”. Las masas y hasta los propios enemigos de la revolución se refirieron siempre al Partido Bolchevique, después de 1917, como “el partido de Lenin y Trotsky”. Durante la guerra civil, destacando la actuación militar de Trotsky, Lenin dijo: "Muéstreme usted otro hombre capaz de organizar en el término de un año un ejército que es casi un modelo y de ganarse el respeto de los especialistas militares. Nosotros tenemos ese hombre. Lo tenemos todo. Y haremos maravillas". En 1922, cuando el CC votó una medida que en los hechos iba a liquidar el monopolio del comercio exterior, Lenin escribió el propio Stalin: “He llegado a un acuerdo con Trotsky para la defensa de mis puntos de vista sobre el monopolio del comercio exterior. Estoy seguro que Trotsky defenderá mi posición tan bien como yo mismo”.

Existen varios otros ejemplos de la sintonía política entre Lenin y Trotsky post 1917, lo cual no significa que hayan coincidido en todos los asuntos. Fue la camarilla estalinista, con el objetivo de vilipendiar a Trotsky y enlodar su figura que, tras la muerte de Lenin, desempolvó las viejas polémicas y las utilizo para “demostrar” el supuesto carácter “antileninista” del trotskismo. Este método, al parecer, sigue siendo empleado.

En cuanto a la colectivización forzosa que emprendió Stalin y el fin de la NEP, también se impone ubicarla en su contexto concreto. Es falso que en cuanto a la colectivización del campo, “Trotsky proponía exactamente lo mismo”. La Oposición de izquierda, durante años, peleó en todos los ámbitos por el inicio de una economía planificada que ponga el énfasis en el desarrollo de la industria pesada. Para ello propuso el cobro progresivo de impuestos a los campesinos ricos (los Kulaks) y que se generen todo tipo de acciones educativas tendientes a una colectivización gradual del campo. Stalin y su facción, no solo acusaron a Trotsky de anti-campesino sino que siguieron incentivando y realizando todo tipo de concesiones a los Kulaks. Sólo cuando los campesinos ricos comenzaron a ganar cada vez mas peso social y político, teniendo incluso el poder económico de chantajear al Estado proletario con la entrega de granos etc., es decir, cuando se convirtieron en una amenaza al poder de la burocracia, es que Stalin se vio obligado, por medios administrativos y el uso de la fuerza, a la “liquidación del kulak como clase”. No es necesario ahondar en las profundas consecuencias sociales y económicas que tuvo la colectivización e industrialización burocráticas, cuyos costos fueron pagados por la clase obrera y el pueblo rusos. Presentar esta cuestión de manera simple y descontextualizada, diciendo: “lo que hizo Stalin fue detener la NEP para colectivizar y planificar toda la economía” está al servicio de engrandecer o embellecer la figura de Stalin, cuando todo lo que hizo lo hizo movido por los intereses mezquinos de la burocracia que encabezaba.

Nadie que se considere realmente marxista puede afirmar que Marx, Lenin o Trotsky fueron seres geniales e infalibles. Cultos así sólo caben al estalinismo. Cuando reivindicamos sus aportes teóricos y prácticos, lo hacemos pensando en personas que mejor pasaron la prueba de los acontecimientos de su tiempo y colocaron sus vidas al servicio de la liberación total de los oprimidos.

Es en este mismo sentido que reivindicamos, con orgullo, las banderas de lucha que el trotskismo –no exento de errores y sectores que se degeneraron- ha sabido defender y levantar soportando enormes presiones y persecuciones. Fue mediante un puñado de dirigentes, tras la aniquilación física de toda una generación de revolucionarios a manos de Stalin, que se mantuvo el hilo conductor del programa marxista, el programa de la dictadura revolucionaria del proletariado y la revolución mundial hasta nuestros días.

La IV Internacional fue la única corriente política que combatió los crímenes del estalinismo en todos los terrenos y Trotsky, su inspirador y fundador, fue el único que en la década del 30, en el momento de mayor auge político y presenciando un crecimiento impresionante de la URSS, pronosticó que si la clase obrera no efectuaba una revolución política que arrancase el poder a la burocracia, la misma burocracia terminaría restaurando el capitalismo. Tal pronostico, lamentablemente, se cumplió por la negativa 50 años después. La burocracia, agente del imperialismo, restauró el capitalismo en los ex Estados obreros. El programa trotskista fue el único que pasó la dura prueba de los hechos.

La búsqueda del “Nuevo Verbo”

Tenemos una gran coincidencia con Navarrete. El marxismo no es –ni debe ser entendido-como un dogma. El marxismo es una ciencia, una guía para la acción que parte de la explicación materialista del desarrollo histórico. Es la ciencia de la liberación total del proletariado y las demás clases explotadas.

El marxismo, por estas razones, no es estático. Todo lo contrario, se actualiza y se nutre de los hechos que ofrecen la realidad y las experiencias concretas. “El marxismo es la teoría del movimiento, no del estancamiento”, enseñaba Trotsky. Desde los tiempos de Marx y Engels, los grandes acontecimientos han ido enriqueciendo esta teoría y forma de entender el mundo. El bolchevismo, en este sentido, realizó invalorables aportes al arsenal marxista, sobre todo una vez abierta la época imperialista.

Las propuestas de nuestro autor, basadas en “superar a Lenin y superarlos a todos” para crear un “comunismo del siglo XXI”, a nuestro criterio, coincide con aquella situación, descrita por Trotsky, marcada por épocas de derrotas políticas o momentos de confusión en donde se efectúa una “reconsideración de los valores”. Esto, según Trotsky, se da en dos sentidos: “Por un lado, la verdadera vanguardia (…) defiende la herencia del pensamiento revolucionario con uñas y dientes y, sobre esta base, trata de educar a los nuevos cuadros para las próximas luchas de masas. En cambio, los rutinarios, los centristas y los diletantes hacen todo lo posible por destruir la autoridad de la tradición revolucionaria y por volver en busca de un “Nuevo Verbo”. Pensamos que nuestro autor se adscribe entre los segundos.

Frases grandilocuentes como “superación dialéctica, crítica y creativa del legado teórico de los clásicos del marxismo”, “reconstruir unos hábitos de actuación política”, “renunciar a la terminología decimonónica”, “renovar el marxismo”, “poner nuestras organizaciones, su capacidad logística y su experiencia organizativa al servicio de las luchas, en lugar de intentar liderarlas”, “unidad de la izquierda” etc. pueden parecer muy audaces, frutos de un pensamiento independiente y antidogmático.

Sin embargo, en muchos casos, tales propuestas no hacen sino esconder el verdadero objetivo de negar las lecciones fundamentales que la lucha de clases, entendidas mediante el marxismo, ha brindado hasta ahora. No es poco común que, detrás de expresiones como “cada país tiene su propia vía al socialismo” o “el socialismo latinoamericano no debe ser calco ni copia, sino creación heroica” exista la intención de negar, fundamentalmente, la experiencia de la revolución de Octubre.

Parafraseando a Trotsky: “nuestro reformador y buscador del Verbo se encuentra con un hato de ropa vieja”. Posiciones eclécticas, como las defendidas por Navarrete, aunque parezcan “creativas”, en realidad sirven a una vieja y fracasada política: al reformismo.

Es correcto luchar contra “el eurocentrismo, el dogmatismo, la deshistorización, la pedagogía de la repetición, el sectarismo, la cita mecánica, la extrapolación de experiencias...” pero partiendo de las experiencias y lecciones de la historia, de la lucha de clases, de las derrotas y victorias, de las revoluciones y de las traiciones.

Por lo general, detrás de “renovar el marxismo”, sobre todo después de la confusión y el vendaval oportunista que causó estragos en la izquierda mundial post-caída de la URSS, se esconde el desechar los postulados fundamentales del marxismo-leninismo. El retroceso ideológico “a etapas ya ampliamente superadas”, como decía Trotsky, hace frecuente que hoy las posiciones clasistas y revolucionarias sean tildadas de “dogmáticas”, “sectarias” o “anquilosadas”.
Patrick V. Florent
“Quien se arrodilla ante el hecho consumado es incapaz de enfrentar el porvenir.”

Ivan el Rojo
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Ivan el Rojo » 01 May 2010, 23:18

Compañero Patrik, ya te veía venir que ibas a justificar los crímenes cometidos por Trotski porque fueron una necesidad impuesta por las circunstancias de la revolución.

El problema de ese razonamiento, es que por la misma regla de tres se pueden justificar los muertos de Stalin. Si la defensa del Estado Obrero frente a la agresión imperialista en 1918 justifica esas medidas, también las justifica la denfesa ante la agresión fascista de 1941.

Y así, nos podemos tirar hasta el infinito. Con lo fácil que resulta admitir la realidad, que se cometieron errores, estudiarlos y aprender de ellos. Sin caricaturizar, ni demonizar, a los que los cometieron.

El artículo que has puesto, es puro sectarismo. Lo digo así de claro porque lo es. Y si pensáis como ese artículo, es que sois sectarios.

Por ejemplo ese artículo exagera la figura de Trotski. Lo de decir que la Revolución Rusa la lideraron "Lenin y Trotski" es una exageración ya congénita en los trotskistas, no sois capaces de reconocer que Trotski no era el brazo derecho de Lenin, ni de lejos, y que al nivel de Trotski, hubieron muchísimos mas.

El artículo afirma con total naturalidad que Trotski era el líder mas querido por las masas después de Lenin... en ese caso, ¿que protestas populares se vieron cuando el Partido le apartó? Ninguna.

Dice que Trotski pudo haber dado un golpe de Estado y haber apartado a Stalin porque era el jefe del Ejército Rojo. Me hubiera gustado ver cuanta gente le hubiera seguido si lo hubiera intentado. Es el paradigma totalitario aplicado a Trotski, como ocupaba el máximo escalafón en una jerarquía, se asume que esa jerarquía le iba a obedecer ciegamente si intentaba hacer algo ilegal.

Y es que claro, para el articulista, la victoria en la Guerra Civil Rusa fue cosa de Trotski, él solito. Todo el resto de líderes que estaban en el frente, como Stalin, no tuvieron nada que ver. Y el Ejército Rojo, por lo que se ve, era fiel a Trotski y solo a Trotski... bueno, menos los marinos de Kronstdat, pero su fusilamiento estuvo justificado, claro, fue una necesidad impuesta por la revolución.

Y así sigen las afirmaciones sin fundamento. Durante un buen rato mas. Por eso me aburre leer a Trotski y a los trotskistas, porque para perder el tiempo leyendo mentiras y hagiografías, me compro el ABC.

Pero es que lo peor de todo es la intención del artículo. Que es responder a alguien que hizo un artículo con la intención de superar trincheras, de cerrar heridas, de superar el sectarismo... y contestarle en plan "no hemos cometido ningún error, tenemos razón", y viva el sectarismo y por otros 80 años de batir récords mundiales en el apartado de generar escisiones.

Anda ya.
Última edición por Ivan el Rojo el 01 May 2010, 23:34, editado 2 veces en total.
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Ivan el Rojo
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Ivan el Rojo » 01 May 2010, 23:31

Por un marxismo creativo
Trotsky no existe

Manuel M. Navarrete
Rebelión
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=98272

Introducción

Si en este planeta existen recursos para todos pero muchos mueren de hambre, y eso es consecuencia directa del capitalismo, y sólo podemos destruir el capitalismo organizándonos, entonces se hace imprescindible pasar revista al panorama de la izquierda organizada, es decir, de la única oposición existente al capitalismo y el hambre. Pasando revista, lo primero que nos llamará la atención será la infinita división y subdivisión de estas fuerzas, en ciertas ocasiones motivada por bases programáticas (por ejemplo, la división que existe entre Izquierda Unida y la izquierda extraparlamentaria), pero en otras debida a prejuicios mutuos o, peor si cabe, a distintas lecturas de hechos históricos del pasado (como en el caso de dicha izquierda extraparlamentaria, que se encuentra fraccionada hasta la impotencia política).

¿Recuerdan aquella escena de La vida de Brian? Brian le pregunta a unos hombres si son del Frente Judaico Popular y estos le contestan: “¡Vete a la mierda! ¿Frente Judaico Popular? Somos del Frente Popular de Judea” (http://www.youtube.com/watch?v=hMvcjzEKTMw). Pues así se siente uno muchas veces, como en una película de los Monty Python, como si estuviéramos insensibilizados contra el hecho de que no se nos puede tomar en serio; y todo por confundir, como decía Galeano hace unos días, unidad con unanimidad, política con religión, divergencia con herejía.

Es curioso rastrear el origen del enfrentamiento que, en el seno del islam, se desarrolla entre sunnitas y chiitas. Resulta que Mahoma no dejó un sucesor oficial, así que, a su muerte, sus seguidores Alí y Muawiya se enfrentaron entre ellos, siendo derrotado el primero. Mas de mil años después, sus partidarios continúan divididos, y a partir de una simple pelea sucesoria han inventado imbricadas teorías por las que enfrentarse. Algo parecido sucede hoy día con el enfrentamiento que, en el seno del marxismo-leninismo, separa a trotskistas y estalinistas. Resulta que los comunistas nos encontramos insensatamente divididos por el enfrentamiento (en muchos sentidos personal) que tuvieron dos hombres hace 80 años, en una mera pelea sucesoria a la muerte de Lenin.

Por supuesto, si el propósito de este trabajo fuera otro, debería ahondar en el estudio de los condicionantes históricos que rellenan de contenido una pelea sucesoria, como codificación histórica de los conflictos sociales. Sin embargo, sería una simplificación ingenua del marxismo decir que Alí y Muawiya se enfrentaron para defender sus respectivos ideales. ¿Es que para el marxismo no existen la ambición personal entre las motivaciones de los personajes históricos? ¿Es idealismo aludir a un enfrentamiento personal? Puestos a hacer metáforas forzadas al estilo del marxismo dogmático y vulgar, ¿por qué no ver en el supuesto enfrentamiento político una superestructura, cuya base fuera una lucha por el poder tras la muerte de Lenin? Podemos analizar, por ejemplo, qué factores materiales han motivado que en unos países el trotskismo haya tenido arraigo a posteriori y en otros no (o incluso analizar factores como la psicología de masas, la necesidad de una figura “diferente” a lo que realmente se alcanzó en la URSS y la insatisfacción consecuente). Pero eso sigue sin explicar lo acontecido en el Partido Bolchevique durante los años 20 del siglo XX.



Una superación dialéctica

Hoy en día, y menos por evolución que por desaparición política, quedan pocos estalinistas (al menos “estalinistas” que se reconozcan en dicha denominación y que den culto a la imagen del personaje histórico); en cambio, podemos encontrar bastantes activistas y partidos que se reconocen como “trotskistas” y, en función de ello, se dividen de otros partidos (e incluso entre sí, celosos por ver quién efectúa la exégesis más ortodoxa de los textos del profeta armado y luego desarmado).

Sin embargo, Trotsky no existe, ni Stalin tampoco. Y no sólo porque ambos hayan muerto y no puedan venir, por tanto, aquí a “hacernos” la revolución; sino porque de hecho nunca existieron (en las versiones icónicas que sus respectivos seguidores nos han legado). Ni Stalin fue el glorioso padre infalible de la revolución, ni Trotsky el adalid antiburocrático y antirrepresivo que se nos quiere vender.

No se trata de negar el destacado papel de Trotsky durante la Revolución Rusa, ni su destreza como teórico y escritor; tampoco se trata de justificar las falacias vertidas contra él durante los Procesos de Moscú de 1936-38, su cruel asesinato (o el de sus hijos) u otros crímenes cometidos. Para mí no se trata de jugar a “trotskistas” y “estalinistas”. Si algún día esto pudo significar algo y la gente pudo morir por ello, hoy no es más que una pelea de bar que divide nuestras propias fuerzas. De lo que se trata es de hacer una modesta reflexión, escrita por un compañero más de los que está cansado de ciertos clichés que ya sólo sirven para perder credibilidad, en eternos debates que no afectan a la vida de (ni interesan a) nadie. Porque un estudio serio y sosegado de la historia acaba por desacreditar el maniqueísmo. Y porque nuestra táctica ahora debe ser el reagrupamiento de las fuerzas anticapitalistas que no se hayan integrado en el sistema.

¿Realmente tenemos un objetivo diferente? A nivel de propuestas concretas y dentro de la izquierda extraparlamentaria, ¿hay tanta diferencia entre los partidos “trotskistas” y los “estalinistas”? ¿No abogan ambos por la construcción de una sociedad lo más democrática posible, que evite repetir los errores de la experiencia soviética, pero que emule sus logros? Si la única diferencia es a nivel de interpretación del pasado histórico (es más, a nivel de conceptualización de dicho juicio: “defectuoso pero aceptable por ser mejor” versus “mejor pero defectuoso e inaceptable”), ¿vale la pena dividirse por ello? Entonces, se me dirá, ¿para qué tratar este tema, por qué hablar de ello? Porque para mí no se trata de callarlo, ni de olvidarlo, ni de “sustituirlo” por otra cosa. Para mí no se trata de matarlos a todos, sino de tragárselos vivos, es decir, de efectuar una superación dialéctica y crítica de ambas tendencias. Como diría Apollinaire, no podemos llevar a todos sitios el cadáver de nuestro padre, pero como diría Gabriel Aresti, de lo que se trata es de que la casa de nuestro padre siga en pie.


La inexistencia de Trotsky

En 1919 Trotsky promulgó el Decreto de Rehenes, ordenando secuestrar a la familia de todo oficial que desertara del ejército. Indignado por el hecho de que no se cumpliera su orden, en telegrama al Consejo Militar Revolucionario de Serpujov, Trotsky insistiría: “la mala conducta o la traición provocará el arresto de sus familias” (aún en 1939, poco antes de ser asesinado, Trotsky seguirá defendiendo el sistema de rehenes en el artículo Su moral y la nuestra). En marzo de 1921 lanzó a 50.000 soldados del Ejército Rojo contra los obreros de Kronstadt, después de que estos se sublevaran contra el Estado socialista al que acusaban, paradojas de la historia, de “burocratismo” (entre sus reivindicaciones estaban la libertad de palabra y de prensa para todos los partidos obreros o anarquistas, la liberación de los prisioneros políticos socialistas, la reactivación de los soviets sin injerencias del Partido, etc.) La represión de Kronstadt se saldaría con centenares de fusilamientos. En el X Congreso de los bolcheviques, celebrado también en 1921, Trotsky propuso la total subordinación de los sindicatos al Estado, el Partido y el Ejército. Es más, ya en su documento Tesis sobre la transición entre la guerra y la paz, había propuesto Trotsky el llamado “comunismo de guerra”, es decir, una militarización total de la población, de modo que el Estado decidiera dónde debía trabajar cada persona, del mismo modo que el Ejército Rojo decidía dónde debía ubicarse cada soldado. En contra de dicha propuesta se creó la Plataforma de los Diez, compuesta, entre otros, por Lenin y Stalin. La propuesta de Trotsky fue rechazada por el congreso, por 336 votos contra 50. En este X Congreso, además, Trotsky votó a favor de la prohibición de las fracciones dentro del Partido Bolchevique.

Los ejemplos podrían ser innumerables. ¿Trotsky antiburocrático? Pero, es más, ¿Lenin antiburocrático? ¿Y cómo se hacía la política entonces? Por ejemplo, cuando se decide firmar la Paz de Brest-Litovsk, ¿se convoca un referéndum para que las masas populares decidan democráticamente? ¿O la realidad es que se reúnen en una mesa siete líderes del Partido y allí lo deciden? Como denunciaron los consejistas (duramente criticados por Lenin, que les atribuía una “enfermedad infantil”), el control obrero sólo tuvo una existencia efectiva en Rusia durante apenas unos meses. Ya en diciembre de 1917 se crea el Vesenkha (Consejo Supremo de la Economía Nacional), compuesto de comisarios políticos y expertos nombrados por el Partido. Un decreto del 3 de marzo establece que en las empresas nacionalizadas se someterán “todas las declaraciones y decisiones del comité de fábrica o de taller, o de la comisión de control, a la aprobación del consejo económico administrativo”. Lenin lo escribirá claramente: “hemos pasado del control obrero a la creación del Vesenkha”. También en marzo de 1918 se promulga la Constitución Soviética, que centraliza el poder en detrimento de los soviets (consejos obreros). Y en el VIII Congreso (1919) Lenin dirá: “los soviets que, según el programa, son órganos de gobierno por los trabajadores, son en realidad órganos de gobierno para los trabajadores, ejercido por la capa avanzada del proletariado y no por las masas trabajadoras”. Como escribió John Reed, “A pesar de la autonomía local, los decretos del comité Central Ejecutivo y las órdenes de los delegados son válidos para todo el país”. Por lo que respecta al pluripartidismo, todavía en marzo de 1922, Lenin escribía en el Informe político del Comité Central al undécimo congreso del Partido que “las manifestaciones públicas de menchevismo son penadas con la muerte por nuestros tribunales” (por no hablar de la represión contra los anarquistas, que puede consultarse en Vsevolod Volin). Rosa Luxemburgo fue muy critica con la recién acontecida Revolución Rusa, escribiendo que “esta dictadura debe ser obra de la clase y no de una pequeña minoría que dirige en nombre de la clase”, porque “ahogando la vida política en todo el país, es inevitable que la vida en los soviets mismos esté cada vez más paralizada. Sin elecciones generales, sin libertad ilimitada de prensa y de reunión, sin lucha libre entre las opiniones, la vida se muere en todas las instituciones públicas, se convierte en una vida aparente donde la burocracia es el único elemento activo”. Vale la pena recordar que Rosa Luxemburgo murió en enero de 1919, es decir, casi una década antes del acceso de Stalin al poder. Una línea parecida defendería por esas mismas fechas la Oposición Obrera, encabezada por Alexandra Kollontai. ¿Y qué hay de la disolución de la Asamblea Constituyente Rusa, en enero de 1918, tras haberse convocado unas elecciones el 12 de noviembre anterior que perdieron los bolcheviques (Socialistas Revolucionarios, 17.100.000 votos y 380 diputados; Bolcheviques, 9.800.000 y 168 diputados)?

Desde luego, todas estas medidas han de verse en su contexto. Es más, probablemente la mayoría de ellas fueran decisiones acertadas y, por desgracia, necesarias. Pero una cosa es decir que quizá fueran necesarias, y otra muy distinta decir que eran buenas en sí mismas. Lo que no se puede hacer es manipular la historia, como si antes de 1924 (fecha de la muerte de Lenin) la Unión Soviética fuera un paraíso y desde entonces un infierno. De hecho, en todas las líneas de fuerza lo que existe es continuidad, tanto en las luces como en las sombras, y el mito del “corte de 1924” es una completa arbitrariedad carente de rigor. Es probable que mis palabras dejen estupefactos a aquellos que se han acostumbrado a cierta manera de razonar (de no razonar, quiero decir), según la cual si eres partidario de un régimen, debes justificar todas y cada una de sus acciones, negando todos aquellos aspectos que sean negativos o incluso cuestionables. También puede ser que otros se estén dando cuenta de cosas que jamás se habían planteado. No es una cuestión de inteligencia; ni siquiera de erudición. Sencillamente se trata de promover que, en nuestras organizaciones, los militantes piensen por sí mismos, en lugar de enseñarles una retahíla que han de repetir como borregos. Por lo demás, admito estar haciéndole el debate a los sectores atrasados de estos movimientos, que (nadie lo niega) cuentan con teóricos de altura, pero ¿para qué debatir en las alturas, mientras la formación media de los militantes perpetúa el estilo de cliché, el divisionismo y los falsos debates, imposibilitando, como decimos, la generación de una alternativa que a la gente de la calle le suene creíble?



Otros mitos sorprendentes

Hay más mitos: por ejemplo, el mito de la identidad entre Lenin y Trotsky. La realidad, avalada por toda la historiografía solvente sobre el periodo, es que Lenin y Trotsky mantuvieron un fortísimo antagonismo político durante años. En Nuestras tareas políticas (1904) Trotsky rechazó la concepción del partido que propugnara por Lenin en su obra de 1902 Qué hacer. Para Trotsky, Lenin era“el dirigente del ala reaccionaria de nuestro partido” y su concepción del partido suponía un “sistema de sustitución política” de la clase obrera. No en vano Trotsky era en aquella época un dirigente de los mencheviques. No estoy, además, descontextualizando ninguna frase, porque esa obra entera, al igual que el Informe de la delegación siberiana (también de 1904), son furibundos ataques contra la política de Lenin. Pero todavía en febrero de 1917, Lenin afirmaba, en carta a Inés Armand, lo siguiente: “¡Así es Trotsky! Siempre fiel a si mismo, se revuelve, hace trampas, finge ser izquierdista y ayuda a la derecha cuando puede”. Y en la última carta al congreso de Lenin, que se ha venido considerando su “testamento político” (a pesar de que Trotsky estuvo tan interesado como Stalin en que no saliera a la luz), Lenin (que ante todo -y deberían tomar nota nuestros particulares “chiitas y sunnitas”- trataba de evitar una escisión en el partido) afirmaba que Trotsky estaba “demasiado ensoberbecido y demasiado atraído por el aspecto puramente administrativo de los asuntos”. Paradójico en quien se ha considerado a sí mismo el paladín de la lucha antiburocrática; aunque no tanto si consideramos, como Otto Rühle, que “Trotsky no quiere reconocer que él fue uno de los fundadores de la burocracia rusa”. Lo que queda claro en ese “testamento” es que, para Lenin, ninguno de sus sucesores está a la altura de las circunstancias. Eso por no hablar de las agrias diferencias entre Lenin y Trotsky acerca de la Paz de Brest-Litovsk, que Trotsky se negaba a firmar (a pesar de la promesa de los bolcheviques a las masas: darles “paz y pan”).

También es un mito que realmente existieran diferencias políticas entre Trotsky y Stalin durante los años 20. La crítica literaria actual considera que la tradicional (por ejemplo Menéndez Pelayo) se equivocaba al considerar que el culteranismo de Góngora y el conceptismo de Quevedo eran dos tendencias opuestas; como aclara Blecua, en realidad estamos ante una falsa dicotomía, porque, aunque sus cabecillas se odiaran mutuamente, son movimientos afines y con raíces compartidas. Algo similar ocurre con el trotskismo y el estalinismo. La escenificación de una supuesta polémica entre “socialismo en un solo país” y “revolución permanente” no resiste un análisis crítico. Dada la derrota de la revolución alemana, no existían más que dos posibilidades: o acometer la construcción del socialismo en la URSS, o enviar al Ejército Rojo a imponer el socialismo pisoteando Europa. Si Trotsky no proponía esto segundo, ¿era sencillamente un derrotista? Es sorprendente que nadie conteste nunca a esta sencilla pregunta, pero obviamente se trata de una falsa dicotomía: se puede compatibilizar perfectamente la construcción del socialismo con una política internacionalista y revolucionaria.

Más tarde, Trotsky compilará sus ideas en La revolución permanente (1930), afirmando, por ejemplo, lo siguiente: “Un país colonial o semicolonial, cuyo proletariado resulte aún insuficientemente preparado para agrupar en torno suyo a los campesinos y conquistar el poder, se halla por ello mismo imposibilitado para llevar hasta el fin la revolución democrática”. No sólo es una frase derrotista, dogmática y etapista (¿no culpaban a Stalin de eso?), sino que, además, si esta es la teoría de la revolución permanente, la misma historia del siglo XX le quita la razón. De hecho, todas las revoluciones, no ya democráticas sino en muchos casos incluso socialistas, que se han producido desde la escritura de este texto hasta la actualidad se han dado en países coloniales o semicoloniales (Yugoslavia y Albania, 1945; Corea del Norte, 1948; China, 1949; Bolivia, 1952; Cuba, 1959; Argelia, 1962; Vietnam, 1975; Nicaragua, 1979... y podríamos incluir el Chile de Allende y la Venezuela de Chávez), siendo protagonizadas no por el proletariado industrial (inexistente o insignificante en esos países, y en la mayoría de los países del mundo), sino por el campesinado (con frecuencia organizado en guerrillas). Si como Marx en la Crítica del programa de Gotha pensamos que “cada paso del movimiento efectivo es más importante que una docena de programas”, ¿a quién creer, a nuestros ojos, o a un libro escrito hace 8 décadas?



Separar la paja del grano

Sin embargo, así nos va. La historia se analiza ad hoc, porque cada cual intenta justificar a su personaje histórico favorito. Si Stalin (en lugar de Lenin) hubiera propuesto la NEP, el trotskismo diría que las concesiones al capitalismo de la NEP suponían una traición a la revolución. Como fue al contrario; como lo que hizo Stalin fue detener la NEP para colectivizar y planificar toda la economía, se quejan de que esta colectivización fuera forzosa. Por activa o por pasiva, la conclusión ha de ser siempre la misma, porque está prefabricada. Sin embargo, Trotsky proponía exactamente lo mismo: colectivizar, sin haber especificado en ninguna parte que dicha colectivización debiera hacerse de manera sólo voluntaria. Por tanto, las acciones de Trotsky, aunque fueran extremadamente represivas o burocráticas, se justifican como necesidades impuestas por las durísimas circunstancias (la guerra civil, por ejemplo); y no les falta razón al hacerlo. Sin embargo, se actúa como si las circunstancias de la época de Stalin fueran una especie de idilio, a pesar de que estas circunstancias supusieran la mayor colectivización de toda la historia humana y una de las mayores invasiones también de toda la historia (que acabaría provocando 25 millones de bajas soviéticas). Sin el menor rigor metodológico, se afirma que todo lo bueno es gracias a la economía planificada, y todo lo malo por culpa de Stalin. A pesar de que el burocratismo existía antes y existiría después de Stalin, se denomina a este fenómeno “estalinismo”, término del que, además, se abusa de manera simplista para referirse a todos aquellos comunistas que no sean trotskistas. De hecho, cuando cae la URSS en 1991, se corona a Trotsky como el profeta o futurólogo que supo preverlo. ¿No se equivocaba por un siglo entero de revoluciones encabezadas por el campesinado de países semicoloniales, pero acierta cuando la URSS cae en el 91?

Lo peor de esta manera de enfocar las cosas, de este marxismo anquilosado, es que impide separar la paja del grano, e imposibilita hacer la crítica seria que en efecto necesitamos y que, aun reivindicando con orgullo los logros del socialismo, debe hablar del cambio de paradigma que no se dio en la Unión Soviética y que en el futuro sólo podrá darse tomando ejemplo lo que los revolucionarios latinoamericanos denominan Poder Popular.




Contra la cita descontextualizada

Hasta aquí he hablado de la forma de entender el marxismo que considero inoperante y estéril. Trataré ahora de oponer una alternativa, exponiendo qué es lo que yo defiendo.

Esta forma de entender el marxismo mitifica y rehúye el análisis concreto de la circunstancia concreta, apostando por repetir fórmulas del pasado y hacer un calco mimético de la experiencia rusa, incluso aunque estemos ante circunstancias históricas o geográficas completamente diferentes. Algo así como ponerse un abrigo de pieles en pleno verano sevillano porque, de estar en Rusia, sería necesario. Como diría Salvador Allende, cada país tiene su propia vía al socialismo. Pero la izquierda del Estado español, quizá excluyendo a la izquierda abertzale (véanse para ello los análisis de Euskal Herriko Komunistak), sigue teniendo cierta tendencia a la escolástica.

Cada secta esgrime su cita descontextualizada para justificar su política. Pero todo el mundo sabe que con un poco de tiempo y habilidad pueden buscarse citas al uso de Marx o Lenin para justificar algo o lo contrario. Si estás a favor del Frente Popular, acudes a La lucha de clases en Francia, donde Marx defiende la posibilidad de una alianza del proletariado con sectores de la burguesía, para derrotar a la aristocracia alemana. Si estás en contra, encontrarás, y además en la misma obra, que Marx rechaza toda alianza de clase cuando habla de Francia, porque allí ya se ha hecho la revolución burguesa. Si quieres justificar la apuesta por Comisiones Obreras, descontextualizas La enfemerdad infantil del izquierdismo en el comunismo, de Lenin; si te opones a ella puedes aludir al análisis sindical del II Congreso de la III Internacional Socialista (o a la misma creación de Comisiones Obreras, en detrimento del sindicato vertical OSE). Falta siempre un conocimiento operativo de las obras de Marx, Lenin y otros, que implica asimismo el conocimiento exacto de las coyunturas políticas concretas en que dichas obras fueron concebidas, así como la consideración del marco desde el que partimos nosotros. Todo esto se sustituye por el fetichismo de la cita descontextualizada que preside análisis y textos, en una batalla de frases infantil y paternalista que no invita a pensar por uno mismo.



Cambiar lo que deba ser cambiado

En mi opinión, debemos tomar de cada autor lo que nos interese: de Trotsky, de Stalin, de Mao, de Althusser, de Mandel, de Gramsci, de Mariátegui, de Rosa Luxemburgo, del Che Guevara (e incluso de autores anarquistas, como Malatesta)... O los aceptamos a todos, o buscamos figuras más incluyentes, que no dejen fuera a la mitad de los comunistas. No se puede predicar “la unidad de los comunistas” de otro modo. Debemos aprender de todos ellos y de muchos más, pero siempre enfrentándonos a nuestra realidad concreta. Sobre todo, debemos efectuar una reapropiación crítica del marxismo, con el objetivo irrenunciable de la colectivización de los medios de producción. No es eso lo que hay que superar; sin embargo, cada uno de los líderes de cada una de las revoluciones socialistas han efectuado una reapropiación crítica de sus predecesores.

Superar es adaptar las tesis fundamentales del marxismo a las nuevas circunstancias. De no haber superado a Marx (o, al menos, a la lectura de Marx que efectuaba su tiempo), Lenin no habría podido hacer ninguna revolución en Rusia; habría adoptado la tesis del introductor del marxismo en Rusia, Georgi Plejanov, según la cual había que esperar a que se produjera un desarrollo capitalista, a que surgieran las “condiciones objetivas” (un proletariado industrial moderno), etc. Tomando las obras más divulgadas, esa era efectivamente la tesis más marxiana, la más apegada a la doctrina del barbudo alemán (aunque en rigor, el propio Marx de la vejez, por ejemplo en 1882, fecha de su prefacio a la edición rusa del Manifiesto comunista, ha superado ya al joven Marx, economicista y etapista, de 1848; y admite, ahora sí, la posibilidad de una revolución en Rusia antes que en los países industriales). Más allá de Plejanov, Lenin le dio la vuelta a determinados aspectos de este primer marxismo economicista en El desarrollo del capitalismo en Rusia (1899), donde expuso la “teoría del eslabón más débil”, que trataba de demostrar la probabilidad de que la cadena del imperialismo se rompiera no por Alemania, sino por el eslabón más débil: Rusia. También matiza de manera importante la tesis marxiana de la “autoemancipación del proletariado”, arguyendo en el ya aludido Qué hacer lo siguiente: “Los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera. (...) La clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente con sus propias fuerzas sólo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos”, si bien años más tarde aclarará que exageró esta postura porque la polémica con los economicistas le obligaba a hacer excesiva fuerza en esa dirección, como para enderezar un bastón torcido. Tal vez el concepto de autoemancipación en Marx sólo pueda comprenderse correctamente como una afirmación a una escala histórica, superior; con todo, es innegable que el leninismo refuerza la importancia del factor subjetivo.




El marxismo como creación heroica

Si Lenin supera a Marx (o a “cierto” Marx), nosotros debemos superar a Lenin y superarlos a todos, como ya hemos dicho. Marx defendía que la ideología está condicionada por los límites de cada época. Aplicando la metadialéctica, el propio Marx está condicionado por su época: el siglo XIX, la época del positivismo. Marx comete un craso error: el eurocentrismo. Como recordaba en un artículo reciente el comandante de las FARC-EP Jesús Santrich, comentando el libro de Nestor Kohan Marx en su (tercer) mundo, Marx hizo un análisis muy deficiente de la figura de Simón Bolívar, atacando al Libertador por haber emancipado a Latinoamérica del imperialismo... un imperialismo que habría acelerado la llegada de la etapa capitalista, la creación de un proletariado industrial y, por tanto, el socialismo. Por no hablar de Engels, que festejó así la conquista de California por parte de EE UU: “Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos. (…) ¿O acaso es una desgracia que la magnífica California haya sido arrancada a los perezosos mexicanos, que no sabían que hacer con ella?”

Hay que ser dialécticos, hay que renovar el marxismo constantemente; el marxismo no puede sonar a una cosa muy vieja llena de polvo. El comunismo debe ser un movimiento teórico-práctico en constante cuestionamiento de sí mismo. Como dijo Mariátegui, “el socialismo latinoamericano no debe ser calco ni copia, sino creación heroica”. El europeo tampoco, añadiríamos nosotros. Hay que superar el eurocentrismo, el dogmatismo, la deshistorización, la pedagogía de la repetición, el sectarismo, la cita mecánica, la extrapolación de experiencias... Para ello, propongo leer a aquellos autores renovadores del marxismo, que practican un marxismo abierto, antidogmático, adaptado al mundo actual, como Nestor Kohan, Carlos Fernández Liria, Luis Alegre Zahonero, Santiago Alba Rico, Slovaj Zizek, Terry Eagleton, Marta Harnecker (que ha sabido evolucionar desde el DIAMAT hacia el marxismo abierto), James Petras, Carlo Frabetti, Iñaki Gil de San Vicente... Podemos diferir en muchas cosas; aprovechar otras; pero, al menos, estaremos creando, estaremos pensando nuestra propia realidad... en lugar de repetir fórmulas del pasado.




Contra el monoazulismo quijotesco y la vanguardia

Sin este enfoque renovador, antidogmático; sin este comunismo del siglo XXI es imposible comprender experiencias como la Revolución Bolivariana de Venezuela o el Movimiento de Liberación Nacional Vasco, sencillamente porque son espacios antiimperialistas que permiten crecer y acumular fuerzas para la lucha por el socialismo; procesos de integración que nos interesa que avancen, aun con sus contradicciones o peculiaridades. De ahí que los sectores más ortodoxos del trotskismo y el estalinismo no comprendan la necesidad de apoyar estos procesos sociales.

El marxismo anquilosado nos lleva al obrerismo monoazulista (calco quijotesco de Marx; enfoque que, en el mundo actual, deviene irreal y que, además, pasa por alto que casi todas las revoluciones socialistas han sido campesinas) y al vanguardismo (calco no menos quijotesco de Lenin, que lleva a las organizaciones comunistas a disputarse la dirección de los movimientos, dinámica que acaba por destruirlos). Debemos, por un lado, participar en los movimientos sociales, no sólo en el movimiento obrero; y, por otro, poner nuestras organizaciones, su capacidad logística y su experiencia organizativa al servicio de las luchas, en lugar de intentar liderarlas.

Por otra parte, ceñirse a un solo autor, dividirnos por matices, puede ser una necesidad en otras circunstancias históricas; pero en una situación de extremo repliegue, de subsunción real en el capital, sólo nos lleva a la ridícula sopa de letras que describimos al inicio de este escrito, situación más propia de los Monty Python que de la realidad misma.




Conclusión
No se trata, en suma, de unirse con quien sea y para lo que sea. Se trata de identificar la verdadera brecha, que no es entre trotskistas y estalinistas, sino entre los que deciden pactar con el sistema y entre quienes deciden (quienes decidimos) romper toda colaboración con el mismo. Se trata, además, de saber identificar cuál es nuestro papel aquí y ahora, lo que supone una superación dialéctica, crítica y creativa del legado teórico de los clásicos del marxismo. Se trata, por último, de renunciar a la jerga, a todo ese caudal de terminología decimonónica que sólo consigue espantar y que jamás podrá encajar en el mundo subjetivo del ciudadano medio. Sólo así, y en el seno del movimiento obrero y de los movimientos sociales, podremos reconstruir unos hábitos de actuación política que dejen de dar la impresión de una disputa extraña, sectaria y marginal; que resulten creíbles para cualquiera, para la gente de a pie. De lo contrario, nos arriesgamos a que el comunismo se convierta en algo parecido a lo que el Macbeth de William Shakespeare afirmaba acerca de la vida: “it is a tale, told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing”.
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Patrick Florent » 02 May 2010, 00:06

Es totalmente cierto que el artículo de León, del que ignoro completamente a qué organización pertenece, no se menciona pero supongo que morenista (por la cita de Moreno), tiene connotaciones sectarias que no comparto en absoluto, y para decirlo todo, hasta lo "censuré" yo mismo un poco al recortar una pequeña parte al final, en la que hace referencia a la revolución venezolana, por ser puro sectarismo y resultarme inasumible. Aunque buena parte de la argumentación es correcta y asumible desde mi punto de vista. Mucho mejor es el libro de Ted Grant y Alan Woods del '69 (Lenin y Trotsky, qué defendieron realmente). No quita que el punto de vista de Navarrete es una chapuza, para ser amable y que su contrincante acierta en muchos aspectos de su respuesta. Por mi parte, no soy sectario, nunca lo he sido, pero tampoco oportunista: pongo las ideas y las diferencias sobre la mesa e invito a los demás a que hagan lo mismo. Si a partir de allí se pueden llegar a acuerdos, adelante, pero no me parece correcto, desde mi punto de vista, aguar el discurso, disimular las ideas y los principios para hacerlos más digeribles a los que tienen otros puntos de vista.

Saludos comunistas
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Patrick Florent » 02 May 2010, 00:58

Añado un par de cosas: hablas de "los crímenes de Trotsky", pero entonces también son de Lenin y del congreso del partido!
Felicitaciones, apoyas el punto de vista burgués que pretende igualar bolchevismo y stalinismo y convertir el comunismo en algo criminal, aunque, en la ultraizquierda, estás en "buena" compañía, esto lo defendía también el "marxólogo" Rubel (para quien Marx era en realidad el verdadero teórico del anarquismo), y que consideraba que Trotsky se echó a perder cuando se unió al partido bolchevique en 1917. En cuanto a la relación entre Lenin y Trotsky, las citas que da León (me refiero al autor del artículo, no a LT) de Lenin son correctas y lo sabes perfectamente, como conoces perfectamente el método ideado por Zinoviev de ir a rebuscar en viejas polémicas anteriores a Octubre.
El problema de ese razonamiento, es que por la misma regla de tres se pueden justificar los muertos de Stalin. Si la defensa del Estado Obrero frente a la agresión imperialista en 1918 justifica esas medidas, también las justifica la defensa ante la agresión fascista de 1941.


Claro, la colectivización forzoza, la purga del partido después del Congreso del '34, los procesos de Moscú, etc., todo esto se justifica por la agresión nazi del '41! En la que Stalin ni creía hasta que ocurrió! ¿A quién le ves tú orejas de burro, camarada?

Por supuesto que no eres sectario: si alguien está dispuesto a renunciar a sus ideas y principios, lo acoges con los brazos abiertos!
Así es díficil discutir de nada.

Saludos comunistas.
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Ivan el Rojo » 02 May 2010, 02:06

Patrick Vandeweyer escribió:Felicitaciones, apoyas el punto de vista burgués que pretende igualar bolchevismo y stalinismo y convertir el comunismo en algo criminal
Relacionar el bolchevismo y el estalinismo no es un punto de vista burgués, es sentido común. Y no convierte al comunismo en algo criminal, a no ser que primero se asuma el punto de vista burgués de asumir que el estalinismo es criminal.

Ahora que, tiene gracia, que después de asumir totalmente el punto de vista burgués de considerar a Stalin simplemente como un criminal, vengas a acusar a nadie de ser burgués por llamar criminal a tu Guía Luminoso.
En cuanto a la relación entre Lenin y Trotsky, las citas que da León (me refiero al autor del artículo, no a LT) de Lenin son correctas y lo sabes perfectamente, como conoces perfectamente el método ideado por Zinoviev de ir a rebuscar en viejas polémicas anteriores a Octubre.
¿Y? No me espero de Lenin que se dedicara a rajar de sus compañeros en un momento como ese. Lo cual no quita que Trotski tuvo diferencias radicales con Lenin antes de 1917, las tuvo después de 1917, y en su testamento Lenin señala que, pese a su capacidad, Trotski es demasiado sobrerbio y se centra demasiado en los aspectos puramente administrativos de los problemas.

Vamos, que no era su alma gemela, como parecen defender los trotskistas.
Claro, la colectivización forzoza, la purga del partido después del Congreso del '34, los procesos de Moscú, etc., todo esto se justifica por la agresión nazi del '41!
Exactamente. Según vuestro tipo de argumentación.
En la que Stalin ni creía hasta que ocurrió! ¿A quién le ves tú orejas de burro, camarada?
“Queréis que nuestra Patria Socialista sea derrotada y pierda su independencia?, estamos aun atrasados en unos cincuenta a cien años con respecto a los países más avanzados. Debemos recorrer esta distancia en diez años. O lo hacemos o seremos triturados” - Stalin, 4 de Febrero de 1931
http://www.marxists.org/reference/archi ... /02/04.htm (seguro que conoces el sitio web)

Pues ahora mismo te veo las orejas de burro a ti, compañero. Porque Stalin lo clavó. Diez años y algunos meses después de que dijera eso, cayó encima la barbarie hitleriana.

Las purgas y procesos de Moscú, se llevan a cabo en una época en la que Hitler ha tomado el poder en Alemania y está rearmándose, y occidente le ríe las gracias porque quiere que sea la punta de lanza en la guerra contra el comunismo. Y comienzan justamente después de que se inicie la Guerra Civil Española, que fue un buen aviso para navegantes.

Entonces, si está justificado pervertir los ideales al inicio de la Revolución para poder llevarla a cabo, también lo está no corregirlo para seguir defendiéndola. Y así ad-nauseam hasta que se va todo al carajo.
Por supuesto que no eres sectario: si alguien está dispuesto a renunciar a sus ideas y principios, lo acoges con los brazos abiertos!
Así es díficil discutir de nada.
No llames principios e idales a lo que son prejuicios, momificación y capillitas. Aunque en el caso de los trotskistas, mas que una capillita lo que tenéis montado es un San Pedro del Vaticano.

No se puede debatir nada es con gente a la que se le ha parado el reloj en 1940. Pero bueno, hasta los relojes parados dan bien la hora dos veces al día.
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Patrick Florent » 02 May 2010, 04:49

Uf, para seguir leyendo lo que escribes sobre Trotsky, mejor me pillo la última biografía de Robert Service!

Stalin no creía en un ataque alemán porque pensaba haber neutralizado ese peligro con el pacto germano-soviético...
Para alguien que luego criticará el uso de citas descontextualizadas...ni Hitler estaba aún en el poder.

Y lo de las analogías con la religión, los santos y demás, espero que no juegues al futbol, que el balón debe tirarse más tiempo fuera del terreno que dentro.

En realidad, hablas de "prejuicios" pero eres tú mismo el que despotrica contra un teórico marxista del que apuesto que no habrás leído casi nada y desconoces las posiciones, excepto por las que expuso el "comunismo oficial", que es justo lo primero que yo leí, al igual que muchos comunistas, sobre Trotsky.

Sobre la barbarie hitleriana y como impedir su ascenso, hay por cierto un excelente recopilatorio de Trotsky titulado "La lucha contra el fascismo"...si logras vencer tus prejuicios.

Saludos comunistas
PV
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Ivan el Rojo » 02 May 2010, 06:15

Patrick Vandeweyer escribió:Stalin no creía en un ataque alemán porque pensaba haber neutralizado ese peligro con el pacto germano-soviético...
Para alguien que luego criticará el uso de citas descontextualizadas...ni Hitler estaba aún en el poder.
Supongo que por eso Stalin movilizó a centenares de miles de reservistas en la primavera de 1941, y los mandó para la frontera con el Reich, a la vez que seguía fabricando artillería, tanques y aviones a toda leche. Porque no se esperaba un ataque alemán... :roll:

Pero en fin, la cuestión no es esa. La cuestión es que la URSS todavía vivía bajo amenaza en 1931. Supongo que no necesitas que te explique en qué consistió la política británica (y de todo el mundo) hacia la URSS en los años 20. ¿Cuantos gobiernos habían reconocido a la URSS en 1931?

Stalin planteó su política de industrialización pensando en que era inminente que se recibiera un ataque. Evidentemente, en 1931 no podía saber su forma concreta. Pero cuando en 1936 estallan las purgas, ese ataque ya ha tomando forma real, ya había ascendido Hitler al poder, se estaba rearmando, ya estaba moviendo peones, ya en España los militares habían dado un golpe de Estado, y ya las potencias occidentales estaban demostrando su falta de compromiso contra el Fascismo y su conformidad a permitir su avance para aplastar el comunismo.

Insisto, eso no justifica que se recurriera a tirar el agua sucia con el niño dentro. Pero tampoco la coyuntura de 1917 justifica que empiece bañando al niño con agua sucia.
En realidad, hablas de "prejuicios" pero eres tú mismo el que despotrica contra un teórico marxista del que apuesto que no habrás leído casi nada y desconoces las posiciones, excepto por las que expuso el "comunismo oficial", que es justo lo primero que yo leí, al igual que muchos comunistas, sobre Trotsky.
Pues mira, a mi la primera que me llegó es la versión hagiográfica. Para cuando me llegó la versión de lo que llamas "comunismo oficial", yo ya lo tenía desmitificado, así que tampoco me ha interesado mucho. Principalmente indiferencia, y pereza de leerme unas tesis históricas que están mas que superadas hoy en día.

Me empiza a inquietar esa insistencia en que si no me gusta Trotski, es porque no lo he leído. Cada vez que tenemos el mismo debate, te pongo ejemplos concretos de cosas que dice Trotski que, simplemente, no son verdad. Si a ti te convence quedarte con su visión sin contrastarla, me parece muy bien, pero entiende que a los que no nos convence, no es porque tengamos prejuicios, es porque hemos contrastado esa visión con la actualidad del debate historiográfico y no nos convence.
Sobre la barbarie hitleriana y como impedir su ascenso, hay por cierto un excelente recopilatorio de Trotsky titulado "La lucha contra el fascismo"...si logras vencer tus prejuicios.
Hombre, creo que hoy en día llegamos 80 años tarde para parar el ascenso de Hitler. Una pena. :lol:

Pero de todos modos, dime ¿eso va, básicamente, de lo de siempre, que los comunistas tenían que haber trabajado codo con codo con la socialdemocracia, a pesar de que la socialdemocracia mandaba a la policía y a los paramilitares para que les pegaran de tiros, y los estalinistas son por ello culpables de que Hitler llegara al poder?

Lo digo por ahorrarme tiempo y trabajo, es que a mi los ajustes de cuentas no me interesan mucho, prefiero centrarme en leer libros de Historia de verdad que se centren en explicar los procesos y no en manejar la navaja cabritera.

De todos modos, te lo agradezco, pero para adquirir los prejuicios de Trotski, prefiero quedarme con los míos. Les tengo cariño porque me los he trabajado yo mismo, y además son prejuicios del Siglo XXI. :lol:
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por Patrick Florent » 02 May 2010, 17:22

Voy a tener que dejar de escibir en este hilo y el resto del foro durante un rato, porque estoy con un trabajo de traducción, y cada vez que me detengo para entrar aqui, me retrazo y me va a vencer el plazo de entrega. solo unos cuantos apuntes:

Evidentemente que recomiendo la lectura directa de Trotsky para hacerse una idea exacta de sus posiciones, a partir de allí, que cualquiera juzgue y saque sus conclusiones, pero no sobre la base de exposiciones defectuosas.
Confiarse al sano sentido común y, para avanzar por lo demás con los tiempos y la filosofía, leer las recenciones de las obras filosóficas y tal vez, incluso, los prólogos y los primeros párrafos de ellas, que contienen los principios generales, que son los que interesan, y en aquellas, además de una reseña histórica, un juicio, que por serlo, trasciende incluso sobre los enjuiciados. Este camino usual se recorre con la bata de andar por casa; pero revestido con la túnica del gran sacerdote, avanza el sentimiento de lo eterno, lo sagrado y lo infinito...(Hegel, fenomenología, citado por Marx y Engels en La ideología alemana)
El método es muy viejo, según parece...
Hombre, creo que hoy en día llegamos 80 años tarde para parar el ascenso de Hitler. Una pena.
Un punto de vista raro para un comunista licenciado en historia, porque esto no exime de estudiar el pasado y sacar conclusiones, por esto de que él que no aprende de la historia es condenado a repetirla. Por lo demás, si estudiamos la lucha de clases en la república romana y los motivos de su caída, me dirás que para qué, si llegamos 2.000 años tarde. Curioso, dada tu disciplina académica.
Por ejemplo ese artículo exagera la figura de Trotski. Lo de decir que la Revolución Rusa la lideraron "Lenin y Trotski" es una exageración ya congénita en los trotskistas, no sois capaces de reconocer que Trotski no era el brazo derecho de Lenin, ni de lejos, y que al nivel de Trotski, hubieron muchísimos mas.
No caben dudas de que los dirigentes de la Revolución Rusa, Lenin y Trotsky, han dado más de un paso decisivo en su espinoso camino sembrado de toda clase de trampas con grandes vacilaciones interiores y haciéndose una gran violencia. Están actuando en condiciones de amarga compulsión y necesidad, en un torbellino rugiente de acontecimientos. Por lo tanto, nada debe estar más lejos de su pensamiento que la idea de que todo lo que hicieron y dejaron de hacer debe ser considerado por la Internacional como un ejemplo brillante de política socialista que sólo puede despertar admiración acrítica y un fervoroso afán de imitación. (Rosa Luxemburgo, "La Revolución Rusa", 1918)
Esto en la edición española del texto. En la edición francesa este párrafo queda así:
Il ne fait d'ailleurs aucun doute que c'est avec les plus grandes hésitations que Lénine et Trotsky, les cerveaux éminents qui dirigent la révolution russe, ont fait plus d'un pas décisif sur leur chemin épineux, semé de pièges de toutes sortes, et que rien ne saurait être plus éloigné de leur esprit que de voir l'Internationale accepter comme un modèle suprême de politique socialiste, ne laissant place qu'à l'admiration béate et à l'imitation servile, tout ce qu'ils ont dû faire ou ne pas faire sous la contrainte et dans le tumulte des événements. (Rosa Luxemburg, "La révolution russe", el subrayado es mío - PV)
Descubro ahora que la gran teórica marxista polaco-alemana era una "trotskysta" avant la lettre!
¿Respecto a un análisis y crítica de lo que ha sucedido en la URSS? Cualquier historiador de los últimos 70 años. Desde E.H. Carr, a Eric Hobsbawm. La tal Sheila Fitzpatrick que comentó Calavera parece tener buena pinta. Incluso el mas ferviente historiador estalinista como Ludo Marteens tiene una visión mas objetiva y completa que Trotski. Lo cual no es culpa de Trotski, es que han tenido décadas de reflexión, acceso a información mucho mas completa, y no son juez y parte.
Bien, me parece correcto que recomiendes a mi compatriota Martens, presidente del PTB (cuya web, dicho sea de paso, es una fuente de información muy interesante acerca de la situación política y las luchas sociales en mi país de orígen) como hisoriador estalinista, también, por la otra parte, puedo recomendar a Pierre Broué, el incansable historiador del trotskysmo.

Por otra parte, hablando de la revolución rusa, qué te parece el libro con título homónimo de Franco Soglian (1968), que utiliza el libro de Trotsky "Historia de la Revolución Rusa" como parte de su bibliografía? Aqui pide la opinión digamos "técnica" del experto.

Referencias positivas a la "Historia..." de Trotsky, en cuanto a que merece ser leída, tomando en cuenta que el autor fue también actor del proceso, nos vienen de alguién tan poco sospechoso de trotskysmo como el Che Guevara.
Y por favor, no me resuelvas el tema diciendo que practico el "argumento de autoridad", que por otra parte, tampoco es ningún "pecado".

Con esto me despido por el momento.

Saludos comunistas
PV
Patrick V. Florent
“Quien se arrodilla ante el hecho consumado es incapaz de enfrentar el porvenir.”

valerij
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Re: ¿Que me leo?

Mensaje por valerij » 02 May 2010, 18:27

Está muy bien este debate, pero digo yo que, a estas alturas, igual a Jaime se le han quitado ya las ganas de leer algo...
No hay peor mal en la sociedad que aquel que hace de una varias; no hay mayor bien que lo que las reúne y unifica. Y nada hay que produzca mayores males en la sociedad que cuando un individuo dice de algo concreto: esto es mío y eso no lo es (Averroes)

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